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El Papa junto al pueblo mapuche: rechazo a la violencia y a los acuerdos que no llegan a nada

papa temucoEl Santo Padre preside a esta hora la Misa por el progreso de los pueblos en el aeródromo Maquehue, en Temuco.

A las 8:00 horas de este miércoles 17 de enero, el Papa inició su tercer día en Chile abordando el avión que lo condujo a la ciudad de Temuco, en el marco del 22° Viaje Apostólico internacional en que recorre ciudades de Chile y Perú.

Después de haber saludado a 20 miembros de la Comisión organizadora de su Visita a Chile, el Papa abordó un avión modelo Airbus A321 de LATAM con capacidad para 220 pasajeros, aunque solo trasladó a 130 en esta ocasión. Además de Francisco, le acompañaron miembros de la comitiva papal, autoridades de la Iglesia Católica, personal de protocolo del Gobierno, equipos de seguridad de Chile y el Vaticano, soporte técnico y personal de apoyo de Latam.

Por fuera, el avión lleva el escudo del Papa y el hashtag #ElVueloDeFrancisco escrito a un costado de su fuselaje. En su interior cada asiento tiene cabezales y almohadas estampadas con su escudo, entre otras cosas.

A su llegada al aeropuerto "La Araucanía" de Temuco, el Santo Padre fue acogido por Mons. Héctor Vargas Bastidas, S.D.B., obispo de Temuco; Mons. Francisco Javier Stegmeier Schmidlin, obispo de Villarrica; el Intendente de la Araucanía y los alcaldes de Temuco, Padre de las Casas y Freire. Se hicieron presentes un coro y un grupo de niños.

Luego se trasladó en automóvil hasta el aeródromo de Maquehue. A su llegada, después de haber saludado al Comandante de la Base Aérea y después de un recorrido en papamóvil entre los fieles, el Papa se dispone a presidir la celebración eucarística por el progreso de los pueblos que se realizará en la explanada del aeródromo Maquehue (en mapudungún, lugar de maquis), de la capital de la Región de la Araucanía.

Durante el rito penitencial, comunidades mapuche con sus vestimentas, instrumentos y hierbas propios de su cultura efectuaron una rogativa. También se hicieron presentes con una plegaria en mapudungún en la oración de los fieles.

Homilía del Santo Padre

En su homilía, el Papa comenzó saludando en mapudungún: «Mari, Mari» (Buenos días) «Küme tünngün ta niemün» (La paz esté con ustedes) (Lc 24,36).

Citando el quinto elogio de Gabriela Mistral, dio gracias a Dios por permitirle visitar esta linda parte de nuestro continente, la Araucanía: "Tierra bendecida por el Creador con la fertilidad de inmensos campos verdes, con bosques cuajados de imponentes araucarias, sus majestuosos volcanes nevados, sus lagos y ríos llenos de vida. Este paisaje nos eleva a Dios y es fácil ver su mano en cada criatura".
Un especial saludo hizo a los miembros del pueblo Mapuche, así como también a los demás pueblos originarios que viven en estas tierras australes: rapanui (Isla de Pascua), aymara, quechua y atacameños, y tantos otros.

"Esta tierra, si la miramos con ojos de turistas, nos dejará extasiados, pero luego seguiremos nuestro rumbo sin más; pero si nos acercamos a su suelo, lo escucharemos cantar: «Arauco tiene una pena que no la puedo callar, son injusticias de siglos que todos ven aplicar»", con los conocidos versos de Violeta Parra.

Una mención especial hizo el Pontífice a las graves violaciones de derechos humanos ocurridas en el aeródromo de Maqueue: "Esta celebración la ofrecemos por todos los que sufrieron y murieron, y por los que cada día llevan sobre sus espaldas el peso de tantas injusticias". Un momento de silencio coronó este signo.

Comentando el Evangelio proclamado en la eucaristía, en que Jesús ruega al Padre para que «todos sean uno» (Jn 17,21), el Pontífice subrayó que la unidad clamada por Jesús es un don que hay que pedir con insistencia por el bien de nuestra tierra y de sus hijos.

La unidad no es sinónimo de uniformidad

Deteniéndose en las posibles tentaciones contra la unidad, aclaró que "la unidad no nace ni nacerá de neutralizar o silenciar las diferencias. La unidad no es un simulacro ni de integración forzada ni de marginación armonizada. La riqueza de una tierra nace precisamente de que cada parte se anime a compartir su sabiduría con los demás. No es ni será una uniformidad asfixiante que nace normalmente del predominio y la fuerza del más fuerte, ni tampoco una separación que no reconozca la bondad de los demás. La unidad pedida y ofrecida por Jesús reconoce lo que cada pueblo, cada cultura está invitada a aportar en esta bendita tierra. La unidad es una diversidad reconciliada porque no tolera que en su nombre se legitimen las injusticias personales o comunitarias. Necesitamos de la riqueza que cada pueblo tenga para aportar, y dejar de lado la lógica de creer que existen culturas superiores o inferiores".

Agregó que la unidad que nuestros pueblos necesitan reclama que nos escuchemos, pero principalmente que nos reconozcamos. "Esto nos introduce en el camino de la solidaridad como forma de tejer la unidad, como forma de construir la historia; esa solidaridad que nos lleva a decir: nos necesitamos desde nuestras diferencias para que esta tierra siga siendo bella. Es la única arma que tenemos contra la «deforestación» de la esperanza. Por eso pedimos: Señor, haznos artesanos de unidad".

Dos formas de violencia

Explicó el Papa que existen dos formas de violencia que más que impulsar los procesos de unidad y reconciliación terminan amenazándolos. "En primer lugar, debemos estar atentos a la elaboración de «bellos» acuerdos que nunca llegan a concretarse. Bonitas palabras, planes acabados, sí —y necesarios—, pero que al no volverse concretos terminan «borrando con el codo, lo escrito con la mano». Esto también es violencia, porque frustra la esperanza".

En segundo lugar -agregó- "es imprescindible defender que una cultura del reconocimiento mutuo no puede construirse en base a la violencia y destrucción que termina cobrándose vidas humanas. No se puede pedir reconocimiento aniquilando al otro, porque esto lo único que despierta es mayor violencia y división. La violencia llama a la violencia, la destrucción aumenta la fractura y separación. La violencia termina volviendo mentirosa la causa más justa. Por eso decimos «no a la violencia que destruye», en ninguna de sus dos formas".

Finalmente, invitó a buscar el camino de la no violencia activa como un estilo de política para la paz. "Busquemos, y no nos cansemos de buscar el diálogo para la unidad. Por eso decimos con fuerza: Señor, haznos artesanos de unidad".

Mons. Héctor Vargas y la deuda histórica del Estado con el pueblo mapuche

En su saludo antes de la bendición final, el obispo de Temuco, Mons. Héctor Vargas, agradeció la visita del Papa a la Araucanía. "Lo acoge con cariño una tierra rica en pluriculturalidad, de naturaleza pródiga en belleza, recursos y oportunidades, de mujeres y hombres esforzados y emprendedores, de mayoría religiosamente creyente, de muchas posibilidades para creer y luchar, por un futuro de desarrollo humano más digno, integral y sustentable para todos".

Al mismo tiempo, expresó su preocupación por el desempleo en la zona, de persistencia de la pobreza e inequidad, de desintegración familiar, y de serias tensiones políticas, sociales y étnicas. "Esto último dice relación con la situación actual del Pueblo Mapuche y la deuda histórica que el Estado mantiene con él". También se refirió a las víctimas de la violencia rural. "Animados por la fe, nos asiste la convicción que solo mediante el diálogo y la irrenunciable búsqueda de acuerdos, es posible iniciar un camino sin retorno hacia la paz por la justicia, tanto para este noble pueblo, como para el resto de la sociedad local en sus legítimas demandas y anhelos. Gracias a Dios, son muchos quienes desean colaborar".

 

Fuente: Prensa CECh - Comunicaciones #FranciscoenChile

Francisco en santuario del P. Hurtado: oración, sopaipillas con los excluidos y diálogo a puerta cerrada con los jesuitas

papa santuarioEn este lugar de Estación Central el Pontífice se encontró con la Comunidad Jesuita en Chile y con las personas acogidas por el Hogar de Cristo y otras instituciones de promoción humana integral.

El Santuario del Padre Hurtado fue el escenario para la última actividad que sostuvo el Papa en Santiago, este martes 16 de enero. En el lugar se reunió con la Comunidad Jesuita en Chile y compartió con los acogidos del Hogar de Cristo y de otras instituciones sociales de nuestro país.

Francisco llegó al Santuario en la comuna de Estación Central en el papamóvil, tras el encuentro de la Catedral. El recorrido que fue seguido con mucha expectación y gran cantidad de público, se realizó por las calles Catedral, Morandé, Alameda hasta la Avenida Padre Hurtado.

En la ocasión el Papa tuvo el tiempo espacio necesario para visitar la tumba de San Alberto Hurtado, y luego se reunió privadamente con los sacerdotes de la Compañía de Jesús.

Después se trasladó hasta la explanada del santuario, donde se encontraba un grupo de beneficiarios de los programas solidarios de la Iglesia, representantes de trabajadores, estudiantes, adultos mayores, personas en situación de calle y migrantes.

En su saludo, el capellán general del Hogar de Cristo, P. Pablo Walker SJ le manifestó: "Querido Papa Francisco, la mesa está servida y le damos con cariño la bienvenida. Hace años lo invitamos a tomar mate con nosotros y hoy llegó ese día (...) Por lo que sabemos, este encuentro es muy importante para usted".

Citando palabras del Papa en encuentros con movimientos populares, el P. Walker presentó a los distintos invitados, "hermanos que por distintas razones hemos ejercitado esa solidaridad del que ha sufrido algún tipo de pobreza o exclusión".

Posteriormente, la voluntaria Liliana López entregó su testimonio:

"Papa Francisco, usted ha dicho que "La solidaridad supone crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad".
Para nosotros la solidaridad no sólo es dar algo material a quien más lo necesita, sino que es escuchar y acompañar. Porque, muchas veces, un abrazo es mucho más útil y mucho mejor que dar algo material.

Para nosotros la unión crea comunidad, y esa comunidad unida es capaz de enfrentar cualquier contratiempo que se nos presente.
Si todos nos pensáramos como comunidad sería más fácil vivir. Un ejemplo es lo que hacemos en Puente Alto, desde hace 10 años con un grupo de padres donde nos organizamos para entregar un plato de comida caliente a más de 100 personas que no tienen dónde comer. Es en este lugar donde compartimos y escuchamos al que lo necesita, y de esta forma sabemos lo que le está pasando al otro y solidarizamos con él".

Comer es un milagro

Recordando que en las casas sencillas "comer es un milagro", el capellán solicitó al Papa que bendijera unas sopaipillas preparadas por la Sra. Sonia Castro y su hija Isabel Reinal de la comunidad Jesús Obrero.

El Papa pronunció la oración de bendición: "El Señor bendiga este alimento que estamos compartiendo, que fue hecho por ustedes mismos, bendiga las manos que lo hicieron, las manos que lo reparten y las manos que lo reciben. Bendiga el Señor el corazón de todos nosotros y que este compartir nos enseñe también a compartir el camino, compartir la vida y compartir después el cielo. Amén".

Posteriormente, saludaron al Papa voluntarias del Hogar de Cristo, jóvenes de Valparaíso que buscan regresar al mundo de la educación, personas que buscan reinsertarse en la sociedad más allá de todos los prejuicios, personas con capacidades diferentes, migrantes, personas desempleadas y miembros de comunidades eclesiales de base, adultos mayores y residentes en hospederías, personas que vivieron en situación de calle.

Tras recibir de regalo una Biblia del Pueblo De Dios y bendecir la imagen del Cristo de la Divina Misericordia, todos los asistentes rezaron el PadreNuestro y posteriormente el Pontífice impartió su bendición.

Fraterna reunión con los jesuitas

Al término de la actividad, el superior de la Compañía de Jesús, P. Cristián del Campo SJ, calificó el encuentro privado que el Papa sostuvo con los jesuitas como "una reunión muy fraterna". Relató que hubo preguntas y respuestas, incluido chistes y anécdotas.

Contó que en la oportunidad le regalaron una cruz pectoral que perteneció al padre Hurtado, y una mini-edición de la Historia Domus del año 1960, que es el registro de lo que ocurrió en la Compañía, y donde aparece muchas veces el p. Bergoglio.

Ante reiteradas consultas, Del Campo negó que el tema de los abusos sexuales a menores de edad y la situación del obispo de Osorno haya sido tema en el encuentro.

Francisco nos deja un fuerte llamado

Al revisar su paso por Santiago y el encuentro en el Santuario, Pablo Walker reflexionó: "Así como Caritas, la Compañía de Jesús y todas las organizaciones que trabajamos con los más vulnerables, nos sentimos provocados por las palabras de Francisco. No sabemos lo que tenemos entre manos cuando los más pobres nos confían sus lágrimas y te piden que seas testigo de una dignidad que no se deja cosificar. En ese sentido nos hace un fuerte llamado a la conversión a todas las organizaciones sociales. Nos queda una agenda de conversión pastoral y espiritual, encontrarnos en nuevas mesas técnicas, de políticas públicas, pero con otra actitud hacia nuestro trabajo".

En la explanada del mismo Santuario estaba desplegado el proyecto "Cruces de las Virtudes" desarrollado por la Comisión Visita Papa Francisco, con la colaboración del Canal 13C y el patrocinio de la Fundación Padre Hurtado.

Cada una de las cruces fue pintada por dos artistas: la cruz de la caridad, por Maya de Rodt y Roberto Mamani, boliviano; la Cruz de la Fe, por Jorge Artus y Hernán Valdovinos; y la Cruz de la Esperanza, por Eduardo Rapiman y Gerardo Zenteno. Dichos símbolos visitarán Chile de norte a sur después de ser presentadas al papa Francisco; sus gestores esperan que luego queden como un recuerdo de esta visita papal en cada una de las ciudades por donde él pasó.

La actividad en el lugar tuvo un preámbulo de una animación realizado en el frontis del Santuario, desde las 16:00 horas, con la participación de Américo, Yamna Lobos, Gloria Simonetti, la pastoral haitiana y con la animación de Juan Pablo Queraltó.

Fuente: Prensa CECh - Comunicaciones #FranciscoenChile

Papa Francisco llama a una verdadera renovación de la vida consagrada

papa obisposUna invitación a sacerdotes, diáconos, religiosas, consagrados y seminaristas a "salir del círculo de la desolación que envenena el alma" hizo el Papa Francisco este martes en la Catedral de Santiago.

En su discurso ante el mundo religioso nacional, el Pontífice destacó la importancia que tiene vivir de manera verdadera la vocación de servir a los demás.

Interrumpido muchas veces con aplausos y con una gran participación de los asistentes, se desarrolló en la Catedral de Santiago el encuentro entre el Papa Francisco y los sacerdotes, religiosos/as, consagrados/as y seminaristas.

En la ocasión, el Pontífice hizo una firme defensa de la necesidad de que todos los que han sentido la vocación, refuercen su llamado original, usando incluso una oración del Cardenal Raúl Silva Henríquez para que recuerden cuál es la iglesia en la que deben perseverar.

Publicamos mensaje del Papa Francisco a los sacerdotes, religiosas y consagrados.

Queridos hermanos y hermanas:

Buenas tardes.

Me alegra poder compartir este encuentro con ustedes. Me gustó la manera con la que el
Card. Ezzati los iba presentando: aquí están... las consagradas, los consagrados, los presbíteros, los diáconos permanentes, los seminaristas. Me vino a la memoria el día de nuestra ordenación o consagración cuando, después de la presentación, decíamos: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad». En este encuentro queremos decirle al Señor: «aquí estamos» para renovar nuestro sí. Queremos renovar juntos la respuesta al llamado que un día inquietó nuestro corazón.

Y para ello, creo que nos puede ayudar partir del pasaje del Evangelio que escuchamos y compartir tres momentos de Pedro y de la primera comunidad: Pedro/la comunidad abatida, Pedro/la comunidad misericordiada, y Pedro/la comunidad transfigurada. Juego con este binomio Pedro-comunidad ya que la vivencia de los apóstoles siempre tiene este doble aspecto, uno personal y uno comunitario. Van de la mano y no los podemos separar. Somos, sí, llamados individualmente pero siempre a ser parte de un grupo más grande. No existe la selfie vocacional. La vocación exige que la foto te la saque otro, ¡qué le vamos a hacer!

1. Pedro abatido

Siempre me gustó el estilo de los Evangelios de no decorar ni endulzar los acontecimientos,
ni de pintarlos bonitos. Nos presentan la vida como viene y no como tendría que ser. El Evangelio no tiene miedo de mostrarnos los momentos difíciles, y hasta conflictivos, que pasaron los discípulos.

Recompongamos la escena. Habían matado a Jesús; algunas mujeres decían que estaba vivo (cf. Lc 24,22-24). Si bien habían visto a Jesús Resucitado, el acontecimiento es tan fuerte que los discípulos necesitarán tiempo para comprender lo sucedido. Comprensión que les llegará en Pentecostés, con el envío del Espíritu Santo. La irrupción del Resucitado llevará tiempo para calar en el corazón de los suyos.

Los discípulos vuelven a su tierra. Van a hacer lo que sabían hacer: pescar. No estaban todos, sólo algunos. ¿Divididos, fragmentados? No lo sabemos. Lo que nos dice la Escritura es que los que estaban no pescaron nada. Tienen las redes vacías.

Pero había otro vacío que pesaba inconscientemente sobre ellos: el desconcierto y la turbación por la muerte de su Maestro. Ya no está, fue crucificado. Pero no sólo Él estaba crucificado, sino que ellos también, ya que la muerte de Jesús puso en evidencia un torbellino de conflictos en el corazón de sus amigos. Pedro lo negó, Judas lo traicionó, los demás huyeron y se escondieron. Solo un puñado de mujeres y el discípulo amado se quedaron. El resto, se marchó. En cuestión de días todo se vino abajo. Son las horas del desconcierto y la turbación en la vida del discípulo. En los momentos «en los que la polvareda de las persecuciones, tribulaciones, dudas, etc., es levantada por acontecimientos culturales e históricos, no es fácil atinar con el camino a seguir. Existen varias tentaciones propias de este tiempo: discutir ideas, no darle la debida atención al asunto, fijarse demasiado en los perseguidores... y creo que la peor de todas las tentaciones es quedarse rumiando la desolación».[1] Sí, quedarse rumiando la desolación. Eso es lo que le pasó a los discípulos.

Como nos decía el Card. Ezzati, «la vida presbiteral y consagrada en Chile ha atravesado y atraviesa horas difíciles de turbulencias y desafíos no indiferentes. Junto a la fidelidad de la inmensa mayoría, ha crecido también la cizaña del mal y su secuela de escándalo y deserción».
Momento de turbulencias. Conozco el dolor que han significado los casos de abusos ocurridos a menores de edad y sigo con atención cuanto hacen para superar ese grave y doloroso mal. Dolor por el daño y sufrimiento de las víctimas y sus familias, que han visto traicionada la confianza que habían puesto en los ministros de la Iglesia. Dolor por el sufrimiento de las comunidades eclesiales, y dolor también por ustedes, hermanos, que además del desgaste por la entrega han vivido el daño que provoca la sospecha y el cuestionamiento, que en algunos o muchos pudo haber introducido la duda, el miedo y la desconfianza. Sé que a veces han sufrido insultos en el metro o caminando por la calle; que ir «vestido de cura» en muchos lados se está «pagando caro». Por eso los invito a que pidamos a Dios nos dé la lucidez de llamar a la realidad por su nombre, la valentía de pedir perdón y la capacidad de aprender a escuchar lo que Él nos está diciendo.

Me gustaría añadir además otro aspecto importante. Nuestras sociedades están cambiando. El Chile de hoy es muy distinto al que conocí en tiempo de mi juventud, cuando me formaba. Están naciendo nuevas y diversas formas culturales que no se ajustan a los márgenes conocidos. Y tenemos que reconocer que, muchas veces, no sabemos cómo insertarnos en estas nuevas circunstancias. A menudo soñamos con las «cebollas de Egipto» y nos olvidamos que la tierra prometida está delante. Que la promesa es de ayer, pero para mañana. Y podemos caer en la tentación de recluirnos y aislarnos para defender nuestros planteos que terminan siendo no más que buenos monólogos. Podemos tener la tentación de pensar que todo está mal, y en lugar de profesar una «buena nueva», lo único que profesamos es apatía y desilusión. Así cerramos los ojos ante los desafíos pastorales creyendo que el Espíritu no tendría nada que decir. Así nos olvidamos que el Evangelio es un camino de conversión, pero no sólo de «los otros», sino también de nosotros.

Nos guste o no, estamos invitados a enfrentar la realidad así como se nos presenta. La realidad personal, comunitaria y social. Las redes —dicen los discípulos— están vacías, y podemos comprender los sentimientos que esto genera. Vuelven a casa sin grandes aventuras que contar, vuelven a casa con las manos vacías, vuelven a casa abatidos.

¿Qué quedó de esos discípulos fuertes, animados, airosos, que se sentían elegidos y que habían dejado todo para seguir a Jesús? (cf. Mc 1,16-20); ¿qué quedó de esos discípulos seguros de sí, que irían a prisión y hasta darían la vida por su Maestro (cf. Lc 22,33), que para defenderlo querían mandar fuego sobre la tierra (cf. Lc 9,54), por el que desenvainarían la espada y darían batalla? (cf. Lc 22,49-51); ¿qué quedó del Pedro que increpaba a su Maestro acerca de cómo tendría que llevar adelante su vida? (cf. Mc 8,31-33).

2. Pedro misericordiado

Es la hora de la verdad en la vida de la primera comunidad. Es la hora en la que Pedro se
confrontó con parte de sí mismo. Con la parte de su verdad que muchas veces no quería ver. Hizo experiencia de su limitación, de su fragilidad, de su ser pecador. Pedro el temperamental, el jefe impulsivo y salvador, con una buena dosis de autosuficiencia y exceso de confianza en sí mismo y en sus posibilidades, tuvo que someterse a su debilidad y pecado. Él era tan pecador como los otros, era tan necesitado como los otros, era tan frágil como los otros. Pedro falló a quien juró cuidar. Hora crucial en la vida de Pedro.

Como discípulos, como Iglesia, nos puede pasar lo mismo: hay momentos en los que nos confrontamos no con nuestras glorias, sino con nuestra debilidad. Horas cruciales en la vida de los discípulos, pero en esa hora es también donde nace el apóstol. Dejemos que el texto nos lleve de la mano.

«Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?» (Jn 21,15).

Después de comer, Jesús invita a Pedro a dar un paseo y la única palabra es una pregunta, una pregunta de amor: ¿Me amas? Jesús no va al reproche ni a la condena. Lo único que quiere hacer es salvar a Pedro. Lo quiere salvar del peligro de quedarse encerrado en su pecado, de que quede «masticando» la desolación fruto de su limitación; del peligro de claudicar, por sus limitaciones, de todo lo bueno que había vivido con Jesús. Jesús lo quiere salvar del encierro y del aislamiento. Lo quiere salvar de esa actitud destructiva que es victimizarse o, al contrario, caer en un «da todo lo mismo» y que al final termina aguando cualquier compromiso en el más perjudicial relativismo. Quiere liberarlo de tomar a quien se le opone como si fuese un enemigo, o no aceptar con serenidad las contradicciones o las críticas. Quiere liberarlo de la tristeza y especialmente del mal humor. Con esa pregunta, Jesús invita a Pedro a que escuche su corazón y aprenda a discernir. Ya que «no era de Dios defender la verdad a costa de la caridad, ni la caridad a costa de la verdad, ni el equilibrio a costa de ambas. Jesús quiere evitar que Pedro se vuelva un veraz destructor o un caritativo mentiroso o un perplejo paralizado»,[2] como nos puede pasar en estas situaciones.

Jesús interrogó a Pedro sobre su amor e insistió en él hasta que este pudo darle una respuesta realista: «Sí, Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero» (Jn 21,17). Así Jesús lo confirma en la misión. Así lo vuelve definitivamente su apóstol.

¿Qué es lo que fortalece a Pedro como apóstol? ¿Qué nos mantiene a nosotros apóstoles? Una sola cosa: «Fuimos tratados con misericordia» (1 Tm 1,12-16). «En medio de nuestros pecados, límites, miserias; en medio de nuestras múltiples caídas, Jesucristo nos vio, se acercó, nos dio su mano y nos trató con misericordia. Cada uno de nosotros podría hacer memoria, repasando todas las veces que el Señor lo vio, lo miró, se acercó y lo trató con misericordia».[3] No estamos aquí porque seamos mejores que otros. No somos superhéroes que, desde la altura, bajan a encontrarse con los «mortales». Más bien somos enviados con la conciencia de ser hombres y mujeres perdonados. Y esa es la fuente de nuestra alegría. Somos consagrados, pastores al estilo de Jesús herido, muerto y resucitado. El consagrado es quien encuentra en sus heridas los signos de la Resurrección. Es quien puede ver en las heridas del mundo la fuerza de la Resurrección. Es quien, al estilo de Jesús, no va a encontrar a sus hermanos con el reproche y la condena.

Jesucristo no se presenta a los suyos sin llagas; precisamente desde sus llagas es donde Tomás puede confesar la fe. Estamos invitados a no disimular o esconder nuestras llagas. Una Iglesia con llagas es capaz de comprender las llagas del mundo de hoy y hacerlas suyas, sufrirlas, acompañarlas y buscar sanarlas. Una Iglesia con llagas no se pone en el centro, no se cree perfecta, sino que pone allí al único que puede sanar las heridas y tiene nombre: Jesucristo.
La conciencia de tener llagas nos libera; sí, nos libera de volvernos autorreferenciales, de creernos superiores. Nos libera de esa tendencia «prometeica de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico propio del pasado».[4]

En Jesús, nuestras llagas son resucitadas. Nos hacen solidarios; nos ayudan a derribar los muros que nos encierran en una actitud elitista para estimularnos a tender puentes e ir a encontrarnos con tantos sedientos del mismo amor misericordioso que sólo Cristo nos puede brindar. «¡Cuántas veces soñamos con planes apostólicos expansionistas, meticulosos y bien dibujados, propios de generales derrotados! Así negamos nuestra historia de Iglesia, que es gloriosa por ser historia de sacrificios, de esperanza, de lucha cotidiana, de vida deshilachada en el servicio, de constancia en el trabajo que cansa, porque todo trabajo es sudor de nuestra frente».[5] Veo con cierta preocupación que existen comunidades que viven arrastradas más por la desesperación de estar en cartelera, por ocupar espacios, por aparecer y mostrarse, que por remangarse y salir a tocar la realidad sufrida de nuestro pueblo fiel.

Qué cuestionadora reflexión la de ese santo chileno que advertía: «Serán, pues, métodos falsos todos lo que sean impuestos por uniformidad; todos los que pretendan dirigirnos a Dios haciéndonos olvidar de nuestros hermanos; todos los que nos hagan cerrar los ojos sobre el universo, en lugar de enseñarnos a abrirlos para elevar todo al Creador de todo ser; todos los que nos hagan egoístas y nos replieguen sobre nosotros mismos».[6]

El Pueblo de Dios no espera ni necesita de nosotros superhéroes, espera pastores, hombres y mujeres consagrados, que sepan de compasión, que sepan tender una mano, que sepan detenerse ante el caído y, al igual que Jesús, ayuden a salir de ese círculo de «masticar» la desolación que envenena el alma.

3. Pedro transfigurado

Jesús invita a Pedro a discernir y así comienzan a cobrar fuerza muchos acontecimientos de
la vida de Pedro, como el gesto profético del lavatorio de los pies. Pedro, el que se resistía a dejarse lavar los pies, comenzaba a comprender que la verdadera grandeza pasa por hacerse pequeño y servidor.[7]

¡Qué pedagogía la de nuestro Señor! Del gesto profético de Jesús a la Iglesia profética que, lavada de su pecado, no tiene miedo de salir a servir a una humanidad herida.

Pedro experimentó en su carne la herida no sólo del pecado, sino de sus propios límites y flaquezas. Pero descubrió en Jesús que sus heridas pueden ser camino de Resurrección. Conocer a Pedro abatido para conocer a Pedro transfigurado es la invitación a pasar de ser una Iglesia de abatidos desolados a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado. Una Iglesia capaz de ponerse al servicio de su Señor en el hambriento, en el preso, en el sediento, en el desalojado, en el desnudo, en el enfermo... (cf. Mt 25,35). Un servicio que no se identifica con asistencialismo o paternalismo, sino con conversión de corazón. El problema no está en darle de comer al pobre, vestir al desnudo, acompañar al enfermo, sino en considerar que el pobre, el desnudo, el enfermo, el preso, el desalojado tienen la dignidad para sentarse en nuestras mesas, de sentirse «en casa» entre nosotros, de sentirse familia. Ese es el signo de que el Reino de los Cielos está entre nosotros. Es el signo de una Iglesia que fue herida por su pecado, misericordiada por su Señor, y convertida en profética por vocación.

Renovar la profecía es renovar nuestro compromiso de no esperar un mundo ideal, una comunidad ideal, un discípulo ideal para vivir o para evangelizar, sino crear las condiciones para que cada persona abatida pueda encontrarse con Jesús. No se aman las situaciones ni las comunidades ideales, se aman las personas.

El reconocimiento sincero, dolorido y orante de nuestros límites, lejos de alejarnos de nuestro Señor nos permite volver a Jesús sabiendo que «Él siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad y, aunque atraviese épocas oscuras y debilidades eclesiales, la propuesta cristiana nunca envejece... Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual»[8]. Qué bien nos hace a todos dejar que Jesús nos renueve el corazón.

Cuando comenzaba este encuentro, les decía que veníamos a renovar nuestro sí, con ganas, con pasión. Queremos renovar nuestro sí, pero realista, porque está apoyado en la mirada de Jesús. Los invito a que cuando vuelvan a casa armen en su corazón una especie de testamento espiritual, al estilo del Cardenal Raúl Silva Henríquez. Esa hermosa oración que comienza diciendo:
«La Iglesia que yo amo es la Santa Iglesia de todos los días... la tuya, la mía, la Santa Iglesia de todos los días...
Jesucristo, el Evangelio, el pan, la eucaristía, el Cuerpo de Cristo humilde cada día. Con rostros de pobres y rostros de hombres y mujeres que cantaban, que luchaban, que sufrían. La Santa Iglesia de todos los días».
¿Cómo es la Iglesia que tú amas? ¿Amas a esta Iglesia herida que encuentra vida en las llagas de Jesús?
Gracias por este encuentro, gracias por la oportunidad de renovar el «sí» con ustedes. Que la Virgen del Carmen los cubra con su manto.
Por favor, no se olviden de rezar por mí.

Fuente: Prensa CECh - Comunicaciones #FranciscoenChile

Papa Francisco en Parque O´Higgins: ”Sembrar la paz a golpe de proximidad, de vecindad”

papa parqueUn mar de pañuelos blancos y banderas, alzadas por miles de rostros alegres recibieron hoy al Papa Francisco en el Parque O'Higgins, hasta donde llegó hoy tras su encuentro con las autoridades chilenas en La Moneda.

A su llegada al parque, proveniente del Palacio de La Moneda donde recibió la bienvenida oficial de las autoridades nacionales, el Papa se subió al papamóvil y recorrió los caminos que unen las distintas zonas -llamadas parcelas- que ocupan los miles de feligreses. De esta manera culminó una alegre espera por su presencia, que se inició a las 2:00 horas de la madrugada, cuando se abrieron las puertas del recinto y los 400 mil peregrinos comenzaron a llenar los espacios previstos por los organizadores. Durante la noche hubo actividades de animación con canciones, vídeos testimoniales, reflexiones y oración.

La celebración de la Santa Misa se realiza con la asistencia de 700 sacerdotes y 80 obispos venidos de diferentes arquidiócesis, diócesis y obras de Chile y Argentina.

Homilía del Papa Francisco

Al comentar el evangelio de las Bienaventuranzas, el Pontífice subrayó que la primera actitud de Jesús es ver, es mirar el rostro de los suyos. "Esos rostros ponen en movimiento el amor visceral de Dios. No fueron ideas o conceptos los que movieron a Jesús... son los rostros, son personas; es la vida que clama a la Vida que el Padre nos quiere transmitir".

Añadió el Papa que las bienaventuranzas "no nacen de una actitud pasiva frente a la realidad, ni tampoco pueden nacer de un espectador que se vuelve un triste autor de estadísticas de lo que acontece. No nacen de los profetas de desventuras que se contentan con sembrar desilusión. Tampoco de espejismos que nos prometen la felicidad con un «clic», en un abrir y cerrar de ojos. Por el contrario, las bienaventuranzas nacen del corazón compasivo de Jesús que se encuentra con el corazón de hombres y mujeres que quieren y anhelan una vida bendecida; de hombres y mujeres que saben de sufrimiento; que conocen el desconcierto y el dolor que se genera cuando «se te mueve el piso» o «se inundan los sueños» y el trabajo de toda una vida se viene abajo; pero más saben de tesón y de lucha para salir adelante; más saben de reconstrucción y de volver a empezar".

Y evocando los desastres naturales que han afectado a nuestro pueblo, expresó: "¡Cuánto conoce el corazón chileno de reconstrucciones y de volver a empezar; cuánto conocen ustedes de levantarse después de tantos derrumbes! ¡A ese corazón apela Jesús; para ese corazón son las bienaventuranzas!"

Añadió el Pontífice que las bienaventuranzas no nacen de actitudes criticonas ni de la «palabrería barata» de aquellos que creen saberlo todo pero no se quieren comprometer con nada ni con nadie, y terminan así bloqueando toda posibilidad de generar procesos de transformación y reconstrucción en nuestras comunidades, en nuestras vidas. Las bienaventuranzas nacen del corazón misericordioso que no se cansa de esperar. Y experimenta que la esperanza «es el nuevo día, la extirpación de una inmovilidad, el sacudimiento de una postración negativa» (cita del poeta Pablo Neruda, El habitante y su esperanza, 5).

Extirpar la inmovilidad paralizante

Más adelante, el Papa explícito que Jesús, "al decirle bienaventurado al pobre, al que ha llorado, al afligido, al paciente, al que ha perdonado... viene a extirpar la inmovilidad paralizante del que cree que las cosas no pueden cambiar, del que ha dejado de creer en el poder transformador de Dios Padre y en sus hermanos, especialmente en sus hermanos más frágiles, en sus hermanos descartados".

"Jesús, al proclamar las bienaventuranzas viene a sacudir esa postración negativa llamada resignación que nos hace creer que se puede vivir mejor si nos escapamos de los problemas, si huimos de los demás; si nos escondemos o encerramos en nuestras comodidades, si nos adormecemos en un consumismo tranquilizante (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 2). Esa resignación que nos lleva a aislarnos de todos, a dividirnos, separarnos; a hacernos los ciegos frente a la vida y al sufrimiento de los otros", señaló.

Agregó que las bienaventuranzas son "ese nuevo día para todos aquellos que siguen apostando al futuro, que siguen soñando, que siguen dejándose tocar e impulsar por el Espíritu de Dios".

"Frente a la resignación que como un murmullo grosero socava nuestros lazos vitales y nos divide, Jesús nos dice: bienaventurados los que se comprometen por la reconciliación. Felices aquellos que son capaces de ensuciarse las manos y trabajar para que otros vivan en paz. Felices aquellos que se esfuerzan por no sembrar división. De esta manera, la bienaventuranza nos hace artífices de paz; nos invita a comprometernos para que el espíritu de la reconciliación gane espacio entre nosotros. ¿Quieres dicha? ¿Quieres felicidad? Felices los que trabajan para que otros puedan tener una vida dichosa. ¿Quieres paz?, trabaja por la paz".

Luego el Papa evocó al cardenal Raúl Silva Henríquez, a quien calificó como "ese gran pastor que tuvo Santiago cuando en un Te Deum decía: «"Si quieres la paz, trabaja por la justicia" ... Y si alguien nos pregunta: "¿qué es la justicia?" o si acaso consiste solamente en "no robar", le diremos que existe otra justicia: la que exige que cada hombre sea tratado como hombre»".

Francisco llamó a sembrar la paz a golpe de proximidad y de vecindad. "A golpe de salir de casa y mirar rostros, de ir al encuentro de aquel que lo está pasando mal, que no ha sido tratado como persona, como un digno hijo de esta tierra. Esta es la única manera que tenemos de tejer un futuro de paz, de volver a hilar una realidad que se puede deshilachar". Citando a san Alberto Hurtado, recordó que «Está muy bien no hacer el mal, pero está muy mal no hacer el bien».

La actividad cuenta con la participación de un gran coro compuesto por 550 músicos, entre voces e instrumentos, laicos y consagrados. Gran parte de dicho conjunto está integrado por alumnos de la Fundación Educativa Nocedal, que tiene presencia en colegios de La Pintana y Puente Alto.

El altar del Parque O'Higgins, que destaca por una gran cruz elevada sobre el altar principal, fue realizado por el arquitecto Ignacio Díaz y fue construido con material desmontable que podrá reutilizarse como en mediaguas y otras obras, siguiendo con la idea dar al viaje un carácter sustentable.

Una vez terminada la misa, el Papa se trasladará en auto cerrado hasta la sede de la Nunciatura Apostólica en la comuna de Providencia, donde almorzará.

Fuente: Prensa CECh

Francisco expresó su dolor y vergüenza ante el daño irreparable causado a niños por parte de ministros de la Iglesia

papa monedaEl Sumo Pontífice se refirió a esta materia durante su intervención en La Moneda, donde recibió el saludo de las máximas autoridades, representantes de la sociedad civil y el Cuerpo Diplomático.

Con la Ceremonia de Recepción Oficial en el Palacio de La Moneda comenzó su segunda jornada en Chile el papa Francisco, quien llegó este lunes 15 de enero al país en el marco de su el 22° Viaje Apostólico internacional que lo llevará a recorrer seis ciudades de Chile y Perú.

El Pontífice realizó el trayecto desde la Nunciatura hasta la sede de Gobierno en auto cerrado, recibiendo a su paso el saludo de la gente. A su llegada a la sede de Gobierno, fue recibido en la plaza de la Constitución por la Presidenta Michelle Bachelet.

Tras recibir los correspondientes honores militares, se interpretaron los himnos nacionales de Chile y de Ciudad del Vaticano.

Posteriormente el Papa entró al palacio, específicamente al patio de Los Naranjos, donde se realiza la actividad, con la participación de autoridades, representantes de la sociedad civil y del Cuerpo Diplomático. También se encontraba presente el Presidente electo de la República, Sebastián Piñera, y su esposa.

"Este Chile es otro, papa Francisco"

En su discurso, la Presidenta Bachelet lo llamó "amigo" y recordó que el Papa conoce bien Chile. "Estamos orgullosos de lo que hemos construido juntos. Somos una sociedad madura que valora su democracia y que está consciente de sus carencias y desafíos", señaló la Mandataria.

Agregó que el Gobierno quiere poner a las personas en el centro del desarrollo "Su visita nos hace bien, para mirar al otro, para reflexionar sobre lo que hacemos", apuntó.

Valoró las sabias palabras del Pontífice en defensa de la paz y la unidad. "Lo recibimos con mucho ánimo y esperanza, y no me cabe duda que así se lo harán sentir miles y miles", sostuvo la Jefa de Estado.

Recordando la visita que hizo Juan Pablo II durante la dictadura, Bachelet dijo al Papa que Chile es otro, "hemos transitado por caminos de paz y justicia (...) y ha sido posible fortalecer la democracia con más libertades y más transparencias".

Las situaciones desafiantes de los pueblos originarios, de la infancia vulnerada y de los migrantes también fueron mencionadas por la Mandataria. "Tenerlo entre nosotros, papa Francisco, es un privilegio y un genuino estímulo para seguir la ruta de mayor justicia y bienestar que demandan los ciudadanos", aseveró.

Agradeció la labor cumplida por la Iglesia en defensa de los derechos humanos durante el régimen militar y la mediación del Papa Juan Pablo II que evitó un conflicto armado entre los pueblos hermanos de Chile y Argentina.

Intervención del Papa Francisco

En su discurso, el Papa dijo que es una alegría poder estar nuevamente en "esta querida tierra chilena que ha sabido hospedarme y formarme en mi juventud; quisiera que este tiempo con ustedes fuera también un tiempo de gratitud por tanto bien recibido".

Envió un saludo y abrazo a todo el pueblo chileno: "La diversidad y riqueza geográfica que poseen nos permite vislumbrar la riqueza de esa polifonía cultural que los caracteriza".

Tras agradecer la presencia de las máximas autoridades del Estado, saludó también al Presidente electo, Sebastián Piñera Echenique. Sostuvo que "Chile se ha destacado en las últimas décadas por el desarrollo de una democracia que le ha permitido un sostenido progreso".

Citando al cardenal Raúl Silva Henríquez, recordó que la "patria no comienza hoy, con nosotros; pero no puede crecer y fructificar sin nosotros. Por eso la recibimos con respeto, con gratitud, como una tarea que hace muchos años comenzaba, como un legado que nos enorgullece y compromete a la vez"

"No podemos conformarnos mientras otros hermanos sufren"

Añadió el Pontífice que cada generación ha de hacer suyas las luchas y los logros de las generaciones pasadas y llevarlas a metas más altas aún. "El bien, como también el amor, la justicia y la solidaridad, no se alcanzan de una vez para siempre; han de ser conquistados cada día. No es posible conformarse con lo que ya se ha conseguido en el pasado e instalarse, y disfrutarlo como si esa situación nos llevara a desconocer que todavía muchos hermanos nuestros sufren situaciones de injusticia que nos reclaman a todos".

Añadió que los chilenos hemos de seguir trabajando para que la democracia y el sueño de sus mayores, más allá de sus aspectos formales, sea de verdad lugar de encuentro para todos. "Que sea un lugar en el que todos, sin excepción, se sientan convocados a construir casa, familia y nación. Un lugar, una casa, una familia, llamada Chile: generoso, acogedor, que ama su historia, que trabaja por su presente de convivencia y mira con esperanza al futuro". Citó palabras de san Alberto Hurtado: «Una Nación, más que por sus fronteras, más que su tierra, sus cordilleras, sus mares, más que su lengua o sus tradiciones, es una misión a cumplir».

Al mismo tiempo, invitó a escuchar: "escuchar a los parados [los desempleados], que no pueden sustentar el presente y menos el futuro de sus familias; a los pueblos originarios, frecuentemente olvidados y cuyos derechos necesitan ser atendidos y su cultura cuidada, para que no se pierda parte de la identidad y riqueza de esta nación. Escuchar a los migrantes, que llaman a las puertas de este país en busca de mejora y, a su vez, con la fuerza y la esperanza de querer construir un futuro mejor para todos. Escuchar a los jóvenes, en su afán de tener más oportunidades, especialmente en el plano educativo y, así, sentirse protagonistas del Chile que sueñan, protegiéndolos activamente del flagelo de la droga que les cobra lo mejor de sus vidas. Escuchar a los ancianos, con su sabiduría tan necesaria y su fragilidad a cuestas. No los podemos abandonar".

Dolor y vergüenza por abuso de sacerdotes a menores de edad

Y agregó: "Escuchar a los niños, que se asoman al mundo con sus ojos llenos de asombro e inocencia y esperan de nosotros respuestas reales para un futuro de dignidad. Y aquí no puedo dejar de manifestar el dolor y la vergüenza que siento ante el daño irreparable causado a niños por parte de ministros de la Iglesia. Me quiero unir a mis hermanos en el episcopado, ya que es justo pedir perdón y apoyar con todas las fuerzas a las víctimas, al mismo tiempo que hemos de empeñarnos para que no se vuelva a repetir". La frase fue interrumpida por los aplausos de los asistentes.

Al mismo tiempo, invitó a una preferencial atención a nuestra casa común, fomentando una cultura que sepa cuidar la tierra y para ello no conformarnos solamente con ofrecer respuestas puntuales a los graves problemas ecológicos y ambientales que se presentan. "La sabiduría de los pueblos originarios puede ser un gran aporte. De ellos podemos aprender que no hay verdadero desarrollo en un pueblo que dé la espalda a la tierra y a todo y a todos los que la rodean. Chile tiene en sus raíces una sabiduría capaz de ayudar a trascender la concepción meramente consumista de la existencia para adquirir una actitud sapiencial frente al futuro".

A juicio del Pontífice, el "alma de la chilenía es vocación a ser, esa terca voluntad de existir. Vocación a la que todos están convocados y en la que nadie puede sentirse excluido o prescindible. Vocación que reclama una opción radical por la vida, especialmente en todas las formas en la que ésta se vea amenazada".

Finalmente, agradeció la invitación de poder "venir a encontrarme con ustedes, con el alma de este pueblo; y ruego para que la Virgen del Carmen, Madre y Reina de Chile, siga acompañando y gestando los sueños de esta bendita nación".

Tras la recepción, el Papa Francisco y la Presidenta Bachelet se sostuvieron una reunión privada en el Salón Azul del Palacio de La Moneda.

Fuente: Prensa CECh - Comunicaciones #FranciscoenChile

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